Mi tío Juan es un hombre del campo, de los que nacen y viven para el campo y toda su vida gira en torno a ello. Hace ya más de 10 años que se jubiló, pero él sigue cuidando de su tierra. En el corral tiene su huerto, las calabazas, unas poquitas olivas, la higuera, la parra, el membrillero, un ciruelo, un granado y algún otro.
Ya no lo hace con el mismo vigor que antes, claro, porque los achaques no se lo permiten, pero, con dolores y todo, sigue trabajando su tierra con esmero, como hombre recio unido al campo hasta el fin.
Muchas gracias a mi tío, Juan Rico Rodríguez
y a mi tía, Aurora Rico Rodríguez,
por relatarme las cosas del campo de antaño.
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Mi tío Juan sigue guardando con mucho celo todos los aperos que utilizaba antaño: el arado romano, las yuntas de los bueyes, las hoces, el trillo, las cribas, los serones...
Me cuenta mi tío Juan que él empezó desde bien chico en las labores del campo. Con ocho años enganchaba la mula e iba a regar la huerta: tomates, lechugas, alfalfa...
Eran tiempos difíciles para todos, los años 40 y 50, años de hambre por los devastadores efectos de la Guerra Civil. Era la época del racionamiento, de las penurias y la escasez donde se aprovechaba todo, también en el campo.
"Llenaba el serón y me traía la alfalfa para echárselo de comer a las vacas. Una vez se rompió la cadena del arte, de sacar el agua del pozo, y volví llorando a contárselo a mi padre. Mi padre me dijo: "¡Anda, calla! Ves a llamar al tío Mañas y que te ayude a arreglarlo". Nos metíamos en el pozo enganchados en los arcabuces y bajábamos hasta abajo para ver las minas y todo lo que había."
"Empezábamos a segar por San Antonio. Bueno, un poco antes de San Antonio. Mi padre y mi tío Jesús compraron una máquina que llamábamos "la Rabiscana", que segaba y plantaba. Íbamos Francisco, José, Teófilo y yo y nos tirábamos 90 días del verano, o cerca de cién, segando y luego en la era. Para San Pedro hacíamos un chozo y ya nos quedábamos allí hasta los Santos".
"Terminábamos cada día rendidos. Nos subíamos al carro y nos quedábamos dormidos. Y las mulas, como ya habían ido una vez a las tierras, se sabían el camino y ellas solas iban hasta donde teníamos que llegar, aunque algunas veces se despistaban y cogían otro camino. Cuando despertábamos no sabíamos ni dónde estábamos y nos tocaba dar vueltas arriba y abajo por los caminos hasta que volvíamos a encontrarnos."
"En cuanto terminábamos la siega y las labores de la era, algunos ya estaban con la vendimia, a finales de septiembre y en octubre, y con la sementera, coincidiendo con la feria de Torrijos. También preparando la varea, haciendo los cercos."
"Estábamos todo el año sin parar. Ya para Nochebuena íbamos a la varea. Íbamos de muchachos uno que le llamaban Fernandito "el Maquis" y yo y luego mi madre y los mayores. Había unos charcos de agua de miedo. Pues mi madre, para no perder ni una aceituna, me decía: "Anda, quítate las zapatillas y métete en esa charca a coger esas tres aceitunas." No se desperdiciaba ni una aceituna."
"Todo se aprovechaba. Si había alguna raíz, algún tronco, aunque fuera chico, la gente lo cogía y lo echaba a la talega para la lumbre. Y luego, después de la varea, iba gente a rebuscar y, lo poco que había quedado lo terminaban de coger, para hacer un poquito aceite, o para echar las aceitunas en adobo y comerlas. No quedaba ninguna sobra en el campo."
"Antes se pasaban muchas penurias. No creas tú que todo el mundo tenía para comer en condiciones. El pan estaba racionado. A los que no tenían para comer, les daban una cartilla y les correspondía una ración por día... Desde luego, no se les ponía duro."
"Las familias que podían hacíamos una cochura de pan en el horno cada cierto tiempo: siete u ocho panes, y los guardábamos en una tinaja chica, en sitio fresco y seco, para que durara más. Cuando se terminaba, hacíamos intercambios con otras familias hasta que se hacía la siguiente cochura. Nosotros los cambiábamos con la tía Amalia y con la tía Ascensión."
"Por todas partes que ibas, había gente en el campo. Estaban también los guardaviñas. Eran personas que no tenían trabajo y se hacían un chozo en su viña y se quedaban dos o tres meses guardando la viña y no venían al pueblo nada más que para comprar alguna cosa que les hiciera falta. Allí hacían la lumbre y la comida y se estaban en el chozo."
"La tía Angelita "La Canillas" se tiraba tres meses o más, con los hijos chicos y todo. Ponían ballestas, cogían algún pájaro y ya tenían para dar más sustancia al cocido."
"Los guardas de melonar, lo mismo. El que sembraba melonar se hacía un chozo y se quedaba allí hasta que desmelonaba (hasta que recogía todos los melones)."
Mi tía Aurora me cuenta que en las casas, la lumbre siempre estaba encendida con leña, tablas, ramas y todo lo que se podía, y sobre todo con paja, para tener ascuas ardientes continuamente para calentar el agua del pote para la comida o para lavarse y, en invierno, para tener ascuas para el brasero, para el calentador que se pasaba por las sábanas antes de irse a la cama, para la plancha, para todo lo que fuera necesario.
"Fueron tiempos muy penosos. Mucha gente sufrió escasez en la posguerra. Yo me acuerdo de chica que venían mendigos a pedir a las casas y les dábamos un cacho de pan con tocino, siempre algo de comer, que era la principal necesidad."
Termina mi tío Juan: "Como nos tirábamos todo el verano en la era, y dormíamos en el chozo, rellenábamos una saca con paja y dormíamos sobre ella, encima de la tarima, y otros en el suelo."
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