miércoles, 19 de mayo de 2021

La viña de Alcabón

 Ariana Fernández Palomo, hija y nieta de alcaboneros, vivió de chica las costumbres de nuestro pueblo de la mano de sus abuelos, Pepa y Gonzalo. 

Hoy comparte con todos nosotros un hermoso relato donde nos cuenta momentos relevantes de su vida en el pueblo con la  delicadeza de la que siente devoción y amor hacia sus mayores y con la fuerza de la que ha ido aprendiendo las realidades de la vida paso a paso.

Una preciosa metáfora entre las fases del cultivo de la vid en Alcabón y las etapas de su crecimiento personal. Una lección de vida llena de verdades a las que todos nos enfrentamos.   

Muchas gracias, Ariana, por compartir esta joya. 

La viña de Alcabón

Maridaje de vida en La Mancha en cinco actos

1. El origen.

Los viñedos tienen una poética difícil, una belleza escondida. Contemplar un viñedo tiene una lectura compleja, no es obvia como un frondoso bosque de “carballos”, carece de la capacidad de tamizar la luz de los hayedos.

Mi mirada infantil sólo conocía sarmientos y olivos, terrones y retamas, encinas y algún alcornoque, árboles únicos como versos pensados, rimas perfectas en inmensas llanuras.

Mi abuelo bebía vino en las comidas, de manera frugal, vino de mesa, se leía en la etiqueta. Sobre la simetría del hule, de cuadros blancos y rojos, la mesa camilla de mi infancia de la casa de Alcabón era un bodegón con una barra de pan, cuatro platos y, justo en el centro, como oficiantes de la ceremonia de lo cotidiano, una botella de vino común que hacía pareja con la de gaseosa.

Ese vino era de Castilla, entonces La Nueva, hoy, La Mancha. Lo probé con cinco años, no me gustó. El paladar infantil no está habituado al acre de los taninos, mejor me hubiera ido la experiencia con un moscatel, pero saltarse las prohibiciones en solitario conlleva riesgos.


A mi abuelo Gonzalo le gustaba visitar “las tierras”, sus tierras de Alcabón. Subíamos a su Morris gris y él ponía rumbo a sus olivares: “Las Toledanas”, “Las Espadas” y, también, tierras de labranza como “La Carrehuela”.  No estaban muy lejos del pueblo, pero llevaba su tiempo, eran fincas salteadas, sin el efecto de la concentración parcelaría. Eran el legado de sus abuelos, de tías solteras y, la mayoría, conservaban la plantación original de sus tatarabuelos. De todas ellas escuchaba una historia, su historia, la historia de la tierra, real o inventada, y la fábula familiar se enredaba en mi mente como un sarmiento.

Rodeábamos algunos troncos de olivo y, por fin, en “La viña”, su preferida, el “abu” paraba el coche bajo la sombra de una encina y tanteaba los racimos bajo los pámpanos, contemplaba el fruto y me hablaba del buen vino que darían esas uvas. “Mucho sol se transforma en azúcar y hace los frutos más dulces” - aseguraba -, “Por eso estas tierras dan tan buen vino”, - añadía. 

Mi abuela, Pepa, la de los Maestros, la llamaban en el pueblo, me mandaba a la bodeguilla por la tarde para que rellenara la botella vacía. Hacer pequeños recados en las tardes estivales era mi principal actividad extramuros y la única forma de romper mi monótono encierro. La bolsa de rejilla y una botella vacía eran mi salvoconducto para salir de la jaula, y corría por la callejuela empedrada hasta llegar a la alhóndiga. Creo que hablaba hasta con los perros, porque para mí, la aridez del paisaje, las casas cerradas, ni una ventana abierta, nadie, nadie, ni un ruido de cacharros y el sol en su zénit, era la verdadera definición de soledad.

Ya en la cena, los deseos de volar se transformaban en sueños, planes de futuro, proyectos para cuando la edad permitiera independencia.

-Abu, ¿por qué no haces el vino con los racimos de la viña que tanto te gusta?

-El vino es un arte. -Afirmaba con seriedad-. Yo solo bebo buen vino cuando hay algo grande que celebrar... Y se necesita la experiencia de muchos hombres para hacer uno bueno.

Veneraba la sabiduría calmada de mi abuelo,  un ex seminarista al que le gustaba incluir latinajos y versos de Quevedo en sus historias, y la idea de aprender a hacer buen vino se prendió en mis anhelos futuros como lo hace un zarcillo al enredarse en una parra.

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2. El envero.

Uno siente que se hace adulto en la mirada de los otros, quizá también frente al espejo, pero son las miradas ajenas las que confirman el momento.

Hay veranos en los que creces, pero sigues siendo un brote. Las piernas se alargan y no cabes en los zapatos de hace tres meses, pero sabes que eres sólo un proyecto de adulto porque los mayores aniñan la voz cuando te hablan y te preguntan, sin mucho interés, por las notas, el colegio o los amigos.

Se llama envero al momento en el que en los racimos de uvas conviven frutos maduros y jóvenes, las uvas rojas con las verdes y, en España, ese evento que precede al último estirón personal, se celebraba en torno a la primera comunión.


Esa fiesta sirve para hacernos sentir que formamos parte de la comunidad. Por eso hay que elegir para el banquete un vino adecuado, ese que solo podrán beber los adultos, aunque sea una fiesta de niños, pero que debe dar el nivel de los anfitriones, sin llegar a arruinarlos para la próxima década.

La verdad es que uno detecta que ha crecido cuando ya le toman en cuenta. Se nota en la mirada, en la voz y en las conversaciones. Y eso ocurre, como en el caso de las uvas, en verano, el calor parece que sirve para madurar los cuerpos y los racimos.

Yo enveré tarde, en el verano de octavo de EGB aparecieron los primeros síntomas. Para entonces, mis compañeros de clase ya me llevaban algunos parejas y un par de borracheras.

A los 16 años descubrí que ya nadie me negaba un vino porque mi apariencia daba lugar a engaños. Definitivamente había crecido y parecía mayor. Me sentía poderosa al percibirme adulta y esa sensación de dominio me dio una seguridad inédita.

El vino todavía resultaba una bebida difícil, el gusto seguía enganchado a la facilidad dulce de la fruta y de la infancia, pero su poder embriagador compensaba con mucho la dureza de su paladeo. Los primeros “puntitos” eran de sangría, poco cargada, una bebida cuya base era el vino de La Mancha, fruta y algo de imaginación. 

La sangría, fresquita y en verano, “entraba” mejor que el agua y tenía el aliciente de que provocaba lentamente una estimulante sensación de euforia que nos permitía que, en los años ochenta, y en Talavera de la Reina, te relacionases con la mayoría de los adolescentes en los cuatro garitos de moda sin la mayor dificultad. 

Aprendí que ir de “chatos” era beber tanta agua como vino, y con esas trampas de la hostelería poco se podían valorar las bondades cualitativas del vino manchego. Eran tiempos de “riojitis” y esos vinos estaban lejos de nuestro poder adquisitivo. Todavía teníamos cierto complejo de hacer mal el vino, éramos la viña de España, la región más productora, pero con muy mal marketing.

En la tierra de mi infancia, Alcabón, los viticultores clareaban los racimos, es decir retiraban frutos para que los supervivientes obtuvieran el grado de maduración óptimo para que se diera una buena cosecha.

En el verano que me hice mayor, uno de mis compañeros de clase se disparó fortuitamente con el arma imprudentemente cargada de su padre, policía. También falleció una de mis mejores amigas en un accidente de moto y se suicidó, colgándose de un árbol, un compañero de los Scouts. Era, apenas, un adulto con la adolescencia prendida en una noche de fiesta.

La infancia no es ese paraíso del que algunos hablan.  En la época del envero el azar se cobra siempre algunos frutos.

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3. La vendimia.

Septiembre es el mes de la vendimia, la fiesta pagana por excelencia, la del culto griego a Dionisos, divinidad de la fecundidad y de la profusa vegetación.

La meseta pasa del amarillo al anaranjado durante ese mes. Mientras mudan los colores en el campo, la mayoría de los pueblos manchegos celebran una virgen en torno al 8 de septiembre que coincide, según la tradición, con la natividad de la Virgen María.

En casi todas las poblaciones castellanas hay una leyenda que cuenta que alguien encontró una imagen en alguna peña, un árbol o unas ruinas y que, de forma milagrosa, la imagen se le “apareció”. Es fácil intuir que la naturaleza es la que señaló las fechas de celebración paganas y que, después, el cristianismo las solapó con acontecimientos de acuerdo a su calendario. De fiesta báquica a religiosa hay siglos de distancia, pero no hay que olvidar que también el vino está presente en las misas.

La mitología cuenta que el primer hombre que cultivó la vid fue Icario, un rey griego al que se cree instruyó en sus artes el mismo dios, llamado Baco por los romanos. En España, la vendimia se desarrolla entre los meses de julio y octubre, la fecha depende del grado de maduración de las uvas. Mientras el fruto se redondea, se suceden las fiestas principales de La Mancha que son, también, mis fiestas de la infancia y adolescencia. 

Me he pasado muchos veranos esperándolas con ilusión, todas en septiembre. Empezaban con las de Alcabón, luego venían las de Talavera y cerrábamos el periodo con las de Torrijos, cuando ya habían empezado las clases y tratábamos de apurar la libertad perdida por el final del verano. 

En las fiestas, estrenábamos la ropa que nos había hecho la modista y nos reencontrábamos con los primos. Tomábamos más helados y refrescos que en todo el año y todos los niños de la misma edad jugábamos al escondite en la plaza. Detrás de los aligustres de la “vieja” plaza de Alcabón aprendí a jugar con todos los niños del pueblo que eran mi universo, el mundo conocido. 

Han pasado suficientes años para saber que todas las plazas son el centro del mundo de alguna infancia.

En septiembre, esté donde esté, mi cuerpo se pone de fiesta y celebro mi particular vendimia brindando en secreto por las primeras veces, esas que se graban como sensaciones inolvidables y quedan en nuestra memoria para siempre.

Es importante vendimiar a tiempo porque las uvas, cuando se sobremaduran, empiezan a disminuir su peso por deshidratación. Se obtiene menos vino, pero si alcanzan la pasificación producen un delicioso dulzor que las transforma en un almibarado postre y son la  demostración de lo que el otoño manchego puede hacer con sus frutos. 

Si Neruda quería hacer lo mismo que la primavera le hace a los cerezos, yo sigo derritiéndome por ese sabor de los besos que han paladeado el moscatel.

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4. La Poda.

Dice un refrán: “pódame helando y no lo hagas llorando”. A la vid hay que quitarle lo que le sobra cuando está dormida, entre noviembre y marzo, antes de que la savia vuelva a subir por el sarmiento y provoque las “lágrimas”.

Hay un tiempo en el que la vida te concede; padres, hermanos, centímetros, conocimientos, agilidad, habilidades y experiencias y un tiempo en el que empieza a quitártelo todo, poco a poco.

Pasados los cuarenta o los cincuenta, depende de cada uno, nos hacemos conscientes de que lo que queda por delante podría ser menos de lo ya vivido y que, además, ese tiempo lo transitaremos con menos agilidad, menos vista y menos memoria. 


Para ese momento ya hemos vivido desamores, hemos enterrado a personas que amábamos y hemos tomado consciencia de nuestras limitaciones. El futuro ya no será más un horizonte lleno de infinitas posibilidades, pero sabremos que merecerá la pena seguir luchando por cumplir algún sueño.

Es en esta época cuando mejor podemos apreciar una copa de vino. En nuestro paladar hay recuerdos de los primeros vinos y tenemos referencias sensoriales con las que comparar, por eso valoramos, mejor que nunca, una conversación y una buena compañía. De los malos momentos hemos aprendido a degustar los sabores algo amargos y ya no nos apetece tanto el dulce. 

La vida nos ha quitado cosas, pero nos ha dejado algunas, y esas hay que defenderlas con la intensidad del que se sabe finito.

En la viña se podan las ramas que sobran y se deja el sarmiento equilibrado, listo para volver a dar buenos frutos. Los viticultores aprecian mucho esos sarmientos añosos que concentran más savia y generan frutos más consistentes. También, en nuestro caso, hemos comenzado a desechar distracciones y a concentrar el esfuerzo en las cosas que de verdad importan. 

Perdemos sin elección y aprendemos a renunciar con desapego. En la vid se trata de evitar que no se monten los sarmientos unos encima de otros para que luego sus racimos no se enreden. 

Mientras, nosotros, comenzamos a simplificar y a poner la vista en objetivos menos lejanos, pero más certeros, y ya sin distracciones, nos concentramos con sabiduría en los propósitos más auténticos.

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5. La parada. 

Tras la vendimia, la vid esta agotada y entra en proceso de parada. La viña estará dormida desde finales de noviembre y no volverá a despertarse hasta el primer lloro de marzo.

Mi padre se llamaba Joaquín. Él siempre se tomó conmigo los vinos que no se quería tomar nadie. Alrededor de una botella de vino ambos hemos llorado y celebrado juntos tantas cosas en estos últimos años que hago balance a estas horas y me doy cuenta de que mi padre se había convertido ya en mi gran cómplice, era más que un padre, un compañero de fatigas diarias. 

Lo pasábamos tan bien juntos que siempre se apuntaba a secundar mis planes, ya fuera una excursión, un nuevo proyecto, una conferencia o un concierto. En ocasiones límite, cuando el problema era grave, teníamos por costumbre dejar un par de dedos en la botella para no ser acusados de beodos.


El alcohol es una droga, sí, pero el vino, que tiene alcohol, no. No es aritmética, ni matemática, ni un axioma, no es científico, ni sanitario, se escapa de la biología. El vino, ya lo sabían los romanos, es una de las pocas cosas que nos desnuda el alma y nos traba la lengua, para que las palabras cuenten menos mentiras y hablen más despacio de lo que de verdad deberían hablar siempre, lo que de verdad importa.

Antes de morir, mi padre lloraba en silencio, tenía más dolor del que la morfina vía oral podía controlar, y sus lágrimas se sumaban a las nuestras, mi hermana, mi hija y su única nieta, sus yernos, todos estábamos desgarrados por lo inminente y por que ya no queríamos verle así, ni seguir asistiendo a esa agonía que se hacía eterna. Sé que cuando pasa todo, se recuerda como un suspiro.

Nunca es el tiempo adecuado para decir adiós para siempre.

En ese trance sólo estábamos deseando que él descansara, que se durmiera dulcemente y luego ducharme, quitarme esta pena honda, este olor a muerte, a lucha, y tomar un vino, un vino para llorar, sin fin, sin vergüenza, ahogarme en esas lágrimas de despedida para dejar que mi alma se despachara desenfrenada ante el doloroso destino.

Es profunda la herida de la pérdida, un hueco infinito. Un apagón irresoluble.

Quizá me ayude degustar una copa de ese vino de La Mancha que sirve para ahogar la pena de la muerte y devolverme al origen.


Texto escrito por Ariana Fernández Palomo, 

hija y nieta de alcaboneros.

2 comentarios:

  1. Da gusto leer este relato, tan profundo,íntimo e inteligente.. mira que no soy yo mucho de vino, bueno ni mucho ni poco la verdad, pero confieso que me ha dado ganas de acercarme a conocerlo.. ya veré.
    Muchas gracias por este rato tan bonito que he pasado leyendo...🙂

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  2. Jajajaja. Bueno, pues ya nos contarás qué tal tu experiencia con el vino, Naty.
    Es cierto, es un relato que te sumerge en emociones y sentimientos auténticos con una belleza que te envuelve. Muchas gracias por tu comentario, Naty, bonita.

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Muchas gracias por tus comentarios