Honorina Florido Martínez
Nacida el 21 de abril de 1905 en Val de Santo Domingo,
Fallecida el 25 de enero de 1988 en Alcabón.
Conocida en Alcabón como la tía Lorina, Honorina ha sido y sigue siendo en el recuerdo de todas y todos los alcaboneros una de las paisanas más entrañables, queridas y recordadas de nuestro pueblo.
Mujer imparable, adelantada a su época, supo conjugar lo mejor del pasado con todo lo bueno que le iba trayendo el progreso. Gracias a ella se mantuvieron durante el siglo XX muchas tradiciones antiguas de Alcabón.
Muy querida y añorada tanto por su familia como por muchos alcaboneros y alcaboneras, entre las que me incluyo, pues la recuerdo con mucho cariño y admiración.
Siempre dispuesta para ayudar en todo lo que pudiera, tanto en las cosas de su familia, como de vecinos y de cualquier persona del pueblo e incluso forastera que la necesitara.
De primeras nupcias se casó con Teófilo Robles Rodríguez, alcabonero, y con él tuvo a sus tres primeras hijas en Maqueda, donde se fueron a vivir. Allí también sigue siendo recordada por su bondad y su gran disposición a ayudar en las cosas del pueblo.
Quedó viuda y, en 1940, se casó con el hermano de su primer marido, Pablo Robles Rodríguez, y se vinieron a vivir a Alcabón. Con él tuvo a su hija Eulalia, q.e.p.d., madre de María Luisa, que hoy nos relata los hechos de su abuela materna.
Honorina fue una mujer muy trabajadora y polifacética. María Luisa, su nieta, nos va recordando, emocionada, todos los ámbitos en los que destacó junto con algunas anécdotas.
Su pasión más destacada fue la Semana Santa de Alcabón, que para ella comenzaba cuarenta días antes, pues ya celebraba el carnaval vistiéndose de máscaras (incluso en la época en la que estuvo prohibido), y el miércoles de ceniza haciendo con una caja el ataúd de la sardina para sacarla en el pasacalles. La forraba bien de negro, con una cruz blanca en la tapa y dentro metía una sardina salada, para que todo fuera muy real.
También el mismo miércoles de ceniza, la tía Lorina preparaba las plantas de lentejas y algarrobas, cuidándolas con esmero, regándolas y metiéndolas debajo de su cama para que no las diera la luz y crecieran más rápido, para que dieran las flores justo en los días de Semana Santa y poder ponerlas para embellecer el Monumento del Santísimo.
La gran devoción de la tía Lorina en la Semana Santa era representar la figura de la Verónica. Aquí vemos con detalle el pañuelo que ella sacaba en las procesiones.
A continuación, la tía Lorina vestida de Verónica mostrando el pañuelo con la cara de Jesucristo. Seguidamente, una imagen de su nieta, María Luisa, más de 20 años después, cumpliendo su promesa de vestirse de Verónica en Semana Santa, como hacía su abuela, mostrando el mismo pañuelo.
Ana Isabel, la hermana de María Luisa, también se vistió de María.
Siguieron sus pasos varias nietas de Honorina, en concreto, Ana y Mónica, que salieron de Marías. También su biznieta Gema.
Otra imagen de la tía Lorina
vestida de Verónica en su época,
junto a las Marías y los Armaos.
Otra fotografía de la tía Lorina
vestida de Verónica junto con las Marías,
los Armaos y Calores.
Y la otra tradición de Semana Santa que se mantuvo gracias a ella fue la quema del Judas. La tía Lorina preparaba con todo detalle el muñeco de trapo y pajas que representaba a Judas Iscariote con el cartel de "Por traidor me queman", y que era prendido, colgando como un ahorcado de un palo alto, al salir de la misa mayor del domingo de Resurrección.
María Luisa recuerda que la primera vez que fue a los oficios la llevó su abuela Honorina, el Jueves Santo. La subió de pie en el banco para que viera bien el prendimiento. Desde entonces, las tradiciones de Semana Santa quedaron muy grabadas en su corazón, siendo una gran defensora de estas costumbres.
Honorina, el año que no se vestía de Verónica, siempre ayudaba a vestirse a la que fuera a salir en las procesiones y la acompañaba durante todo el recorrido de la procesión. También ayudaba a las Marías.
Cosió la túnica morada e hizo el capuchón y el traje de penitente para que María Luisa tocara en la banda de tambores y cornetas.
También hizo una túnica para su primer biznieto, David. Esa túnica, igual a la que lleva Evelio - el Cireneo - en las procesiones, morada con los botones blancos, ha pasado ya por varias generaciones de su familia.
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La tía Lorina siempre estaba dispuesta a ayudar y a colaborar, pero no sólo con su familia, sino con cualquier persona que la necesitara. Era una mujer bondadosa de verdad.
Era muy buena guisandera y la llamaban para hacer los guisos de bodas, bautizos y comuniones. También, en la época de las peñas, ella era quien guisaba la vaca que luego se repartía en la plaza. También salía con su marido, Pablo, llevando un carrito tirado por un burro en el desfile de las carrozas y en los pasacalles con la banda de músicos, repartiendo también el guiso de la vaca y la limoná.
Otra de sus cualidades fue su habilidad como costurera. Siempre andaba comprando retales para coser vestidos y prendas para sus nietas, sus hijas, o para lo que hiciera falta.
María Luisa recuerda una anécdota que nos muestra el buen corazón de la tía Lorina. Por aquel entonces venía al pueblo una mujer vendiendo retales, la Manola, y la tía Lorina siempre le compraba alguno. La Manola, además, traía con ella a sus hijos chicos y la tía Lorina, cuando venían en invierno, siempre, siempre les ponía un vaso de leche caliente para reconfortarles del frío que pasaban en la calle mientras su madre iba vendiendo los retales.
La tía Lorina, además de buena guisandera y costurera, era jalbegandera y hacía limpiezas en las casas, de esas que se hacían una vez al año cuando venía el buen tiempo. Era experta encalando las paredes. También la llamaban para amortajar a los muertos y para asistir como partera en los nacimientos.
María Luisa, que nos está contando los hechos de su abuela Honorina, nos confirma que ella misma fue la última persona nacida en el pueblo. Su madre, Eulalia, fue asistida en el parto por su abuela Honorina y por Don Joaquín, el practicante de Val de Santo Domingo.
En las matanzas sabía hacer cualquier tarea que la encomendaran, desde mondonguera, - que decían que era muy buena -, hasta hacer los aderezos, cortar, pelar... Lo que le pusieran por delante. Otra de sus habilidades era aventar, rellenar y coser los colchones de lana.
Honorina era amante de los animales. En concreto le gustaban mucho los perros. María Luisa recuerda algunas anécdotas.
En los carnavales su abuela le cosió un vestido de enfermera para disfrazarse y, después del pasacalles, le puso a su perrito la capa de enfermera.
Emiliano, q.e.p.d., el pastor, padre de María Luisa, tenía un perro, el Templao, que le cayó en gracia a la tía Lorina y, como detalle especial, le echaba un cachito de cortadillo cuando le veía. Pues resulta que un día oye que llaman a la puerta, abre, y era el Templao, que se había venido corriendo desde el campo donde estaba con las ovejas para pedirle el cachito de cortadillo a la tía Lorina.
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Por otro lado, Honorina tenía una memoria prodigiosa. Yo misma recuerdo, siendo chica, cuando venía a jalbegar a mi casa y recitaba de pura memoria todo el diálogo de la representación de los moros y cristianos de Maqueda. Me quedaba alucinada escuchándola. La tía Lorina era excepcional. Sabía muchas retahílas y hechos rimados. Qué lastima que yo no tenía entonces la inquietud de dejar escritos todos esos poemas y relatos que ella contaba de memoria.
Rey Moro
¡Vuélvanse vuestras banderas!
Y la Virgen a jugarla
si la perdemos nosotros
de conversión doy palabra.
Rey Cristiano
Seremos con sufrimiento
vuestros humildes esclavos
si nosotros la perdemos;
juguémosla a los Dados.
...
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Fue una mujer muy activa incluso en sus últimos años. Sus hijas le insistían en que parara, que dejara ya de trabajar, y ella seguía... Y no porque le hiciera falta, sino por ese ser intrépido que ella tenía dentro. Cuando dejó de hacer sus trabajos y actividades, dio un bajón de salud del que ya no se recuperó.
María Luisa siempre se sintió muy unida a su abuela. Recuerda con total claridad el día que murió. Ella estaba en la escuela y oyó tocar las campanas de difunto. Estaba en el recreo y tuvo un presentimiento. Efectivamente, preguntó a una paisana que pasó por delante del patio de la escuela y le confirmó que las campanas tocaban por su abuela Honorina.
Aunque era aún una niña, pues tenía 12 añitos, quiso verla de cuerpo presente, envuelta en la mortaja que ella misma se había dejado preparada, como había hecho con otras y otros muchos parroquianos del pueblo.
Honorina fue una mujer de las que marcan una época. Fue una gran suerte y privilegio tenerla como paisana en Alcabón, pues nos alegró a todos con su presencia, su generosidad y su bondad y contribuyó tanto o más que otros nacidos aquí a conservar y mantener las tradiciones y a mejorar la vida del pueblo.
La tía Lorina, Honorina, sigue viva
en nuestro recuerdo y en nuestros corazones.











Que reportaje más chulo!!! Se me han caído hasta alguna lagrimilla!.,🥲😘😘pero muy bonito 😍
ResponderEliminarGracias a las tres…
Muchas gracias, Naty. Me alegra mucho que te haya gustado y emocionado.
EliminarNaty, en la foto que sale Ana Isabel de María... La que está a su izquierda, de Verónica, ¿es tu hermana Rocío?
ResponderEliminarSi Gema,es tu prima Rocío.
ResponderEliminarGracias por confirmármelo, Pilar. Si ya me estaba pareciendo por la carita.
EliminarSuper blog
ResponderEliminarMuchas gracias por tu amable comentario.
EliminarEste comentario ha sido eliminado por el autor.
ResponderEliminarAhora entiendo yo de donde me viene a mi lo de la Semana Santa y lo de disfrazarme
ResponderEliminarDesde luego, Moisés. Seguro que esas querencias te vienen de tu bisabuela Honorina, y muy bien venidas. Muchas gracias por tu comentario.
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